Eduardo Frei Montalva


La figura del ex presidente chileno Eduardo Frei Montalva, un hombre alto, delgado de prominente nariz y que gobernó a Chile entre 1964 y 1970, ha vuelto a saltar al primer plano de la actualidad, al ratificarse definitivamente que su fallecimiento en 1982 no se debió a una infección bacteriana posterior a una simple intervención quirúrgica de una hernia de hiato, sino a envenenamiento endovenoso con talio y mostaza nitrogenada.
O sea, uno de los mejores estadistas que ha tenido Chile en toda su historia, por no decir el mejor, fue también víctima del despótico y nepótico Pinochet, a quien el ex presidente Frei apoyó tras el golpe, convencido de que se trataba de un pronunciamiento militar destinado a restaurar una democracia que se tambaleaba bajo la presidencia de Allende, un socialista cuyas proa, popa, estribor y babor atacaba una derecha provinciana, rancia, irracional y vengativa y su línea de flotación, era permanentemente torpedeada por una extrema izquierda en constante conflicto consigo misma. Sin embargo, cuando se percató de que las intenciones al menos del menos instruído del cuarteto de comandantes en jefe de las tres armas y Carabineros, era perpetuarse en el poder, amparado por una doctrina claramente franquista diseñada por el católico integrista y ultra derechista Jaime Guzmán, quien admiraba fervientemente al dictador español, así como con menos fervor, porque estaban para entonces muertos, pero con la misma pasión, a Hitler y Mussolini, Eduardo Frei Montalva, uno de los dirigentes más destacados de la Democracia Cristiana internacional y un orador de excepción, se convirtió, como opositor al régimen militar, en el peor enemigo del tirano asesino, ladrón y corrupto, que aprovechando el clamor de buena parte de la sociedad chilena, apartó al presidente Constitucional al que se le había escapado el control del gobierno y se perpetuó en él.
La reciente noticia de la confirmación de su magnicidio, me ha sorprendido con "las defensas bajas" y no he podido menos que sentir una profunda pena.
Recuerdo cuando en 1964, junto a mi amigo Jaime Hales y con las banderas de la Democracia Agrario Laborista, partido en el que militaba su padre, Alejandro Hales Jamarne, que luego fue ministro de Minería, aupamos al todavía candidato Frei en una concentración conocida como "La Marcha de la Patria Joven". Era entre decenas de miles de adolescentes, quizás el único español. También fui quizás el único español que unió su voz a las otras seiscientas mil, para vitorear al líder socialcristiano desde el momento de su aparición.
Siempre viendo la acción gubernamental de Frei a través de los ojos admirados de Jaime, aprobaba internamente cada una de las acciones de aquel estadista acusado de "comunista" por la derecha y de derechista por la izquierda. Al contrario de Allende, Frei solamente recibió críticas. A ojos de buen observador y recordando la historia, lejos de Chile, nación en la que no evolucionan los odios ancestrales hacia una necesaria pacificación intersocial, se puede concluir que el líder chileno combinó magistralmente, dentro de un equilibrio que en aquella república es imposible de entender desde los extremos, sino solamente desde el centro, las bondades del capitalismo y la política social.
Aumento del empleo, mejora sustancial de la educación, estabilidad económica y grandes pasos hacia la Reforma Agraria, fueron algunos de sus grandes logros.
Recuerdo respecto a la reforma del campo, que en enero de 1967, próximo a regresar a Barcelona, me dediqué a recorrer montado en un caballo, diferentes fundos (haciendas) de la provincia de Ñuble, explicando, sin que nadie me lo hubiese pedido, las ventajas para los campesinos, que en muchas de aquellas propiedades eran verdaderos esclavos, que comportaba su aplicación. Quizás el mayor pecado que cometí en esta cruzada, fue que era invitado especial de una familia latifundista a la que no cayó nada bien mi actitud, menos si consideramos que en cada uno de esos fundos, los trabajadores agrarios exigieron y así lo lograron, la aplicación de la Reforma Agraria.
Aquí en España, en Madrid más precisamente, meses después, me la jugué en una cena en que compartía mesa con un coronel del Ejército del Aire, cuando el hombre, muy pegado de sí mismo por su condición de uniformado y de funcionario del Ministerio del Aire, al saber que había estado unos cuantos años en Chile, se refirió a Frei como "el comunista ese que utiliza a Dios para llevar el mensaje del demonio"... ¡Uh!
Me encendí.
Le recordé que la ideología socialcristiana está basada en la Encíclica Rerum Novarum que es la misma que inspiró la doctrina de la Falange en su génesis y la misma que inspiraba (¿?) al Caudillo. Aproveché en ese instante mi reciente visita a Franco para entregarle en mano el libro Literatura de Gente, escrito con mi amigo Jaime Hales y -mentí también un poco- le expresé la admiración que sentían por Frei los tenientes generales Francisco Franco Salgado-Araujo y Agustín Muñóz Grandes, a quienes en efecto había visto casualmente en El Pardo, pero con los que no crucé ni siquiera un saludo.
El pobre coronel del Ejército del Aire, quedó algo cohibido y casi no habló durante el resto de la cena, aunque la mujer no hizo otra cosa que adular al Generalísimo y a doña Carmen.
Yo tampoco estaba muy tranquilo, porque me veía -si fracasaba mi plan- pudriéndome en Carabanchel, por "rojo".
La increíble estabilidad que alcanzó Chile bajo la presidencia de Frei, le hubiese permitido, de haberlo permitido la Ley Electoral, repetir inmediatamente mandato o haber al menos repetido su partido en la conduccción del gobierno, pero el cuarto intento por llegar a La Moneda de Salvador Allende y la escogencia como candidato de la DC de un hombre que como Radomiro Tomic, no transmitía más que una profunda antipatía, mermaron las posibilidades de esa formación. Y su transitorio hundimiento se verificó en octubre del 69, cuando forzado por un intento de golpe de Estado contra Frei, encabezado por el General de Brigada Roberto Viaux Marambio y secundado por el poderoso Regimiento Tacna, culminó con el salto a la carrera electoral del antecesor de Frei, el anciano conservador independiente, Jorge Alessandri Rodríguez, que llegaba, intentando salvar el sistema democrático, a llenar el espacio de una derecha huérfana de líderes.
Ganó el 4 de septiembre Allende, con un tercio de los votos, pero como era en aquel país tradición que quien sacara un voto más que su inmediato adversario, el Congreso lo debía ratificar como ganador, el Ejército, encabezado por el General de División René Scheneider Chereau, asesinado pocas fechas después, puso las tropas a disposición de Frei para impedir el acceso del marxismo al poder, pero el estadista, demócrata convencido, se negó a utilizar la fuerza contra la decisión del pueblo.
Tomic, sin consultar a su partido, le dio el apoyo democratacristiano en el Congreso a Allende y Alessandri, consciente de que con los votos de la derecha y buena parte del social cristianismo que desconfiaban de Allende hubiese alcanzado la jefatura del Estado, no quiso ser instrumento propiciatorio para un enfrentamiento entre chilenos y no aceptó la posibilidad de gobernar solamente con los votos de los diputados.
El resto es historia. Una historia que la medicina y la justicia han reescrito para que el mundo supiera que uno de los más importantes hombres de aquel país, no murió víctima de las secuelas de una operación, sino envenado.
Y lo más dramático de todo es que los criminales son entre otros, un militar ex viceministro suyo, su chófer personal y dos de los médicos que le atendían, que le hicieron la autopsia al cadáver aún caliente en su mismo lecho de muerte para extraerle y hacer desaparecer los órganos que pudieran contener trazas de las sustancias que le causaron la muerte.
Frei, un hombre bueno y honesto, no falleció de muerte natural, sino que fue víctima de los esbirros de la peor tiranía por la que haya pasado Chile.

Chiguayante en el corazón


Chiguayante, cuando lo conocí en 1966, era un pueblo sin pretensiones, feo, largo, con su plaza de Armas, con asfalto solamente en la carretera principal, que era la que unía a Concepción con Hualqui y que bordeaba el río Bío-Bío y la vía del tren a Chillán y Santiago.
Fue una noche de octubre cuando, tras viajar todo el día sin prisas, parando, recuerdo en Talca, una ciudad que no transmitía nada, aunque muy presumida porque cuenta su tradición oral que sus apellidos adquiridos de aquellos aventureros y ex convictos españoles que colonizaron las tierras de América, provenían, no sé a cuenta de qué milagro, de la más rancia nobleza hispana y así apellidos como Pérez, González, Rodríguez, etc., si provenían de Talca, eran respetablemente aristocráticos (sobre este curioso tema ya escribí hace tiempo una nota en este blog, que se titula "Chile el país de los apellidos"). Finalmente, antes de llegar a Concepción (a 11 kilómetros de Chiguayante) y donde sin pensarlo por aquellos días, estudié unos meses después, Periodismo en su Universidad, visitamos Chillán, más gris, pero más ciudad que Talca.
Llegamos a Concepción de noche como digo y la ciudad me encantó. Moderna a costa de las constantes reconstrucciones obligadas por los terremotos (el último, devastador, seis años antes) y de allí a Chiguayante. Dormimos en el casino de la fábrica de Tejidos Caupolicán cuya planta de Santiago dirigía mi padre. Antes, después de la cena caminamos por los caminos de piedrecilla, ripio se le llama por aquellos lados, disfrutando de una brisa fresca y un aire tan puro, como contaminado era el de la capital chilena. Tenían aquellas casas de madera del pueblo, un aire de tranquila paciencia, de una especie de monotonía aldeana. En muchas ventanas se asomaron algunos curiosos a contemplar aquel pequeño séquito de tres extraños: mi padre, mi hermano Juan y yo.
Al día siguiente muy temprano, seguimos viaje hacia el sur y pudimos disfrutar a la salida, de la exhuberante vegetación que rodeaba al pueblo y de la majestuosidad del ancho aunque poco profundo Bío-Bío. Cuando llegamos a Concepción para seguir camino a Los Angeles, me invadió una especie de incomprensible nostalgia. Me había gustado el aire nocturno del pueblo y me había gustado el pueblo que había visto con las primeras luces del día. Aunque lo natural era que no volviera a verlo, aquella nostalgia quizás fuera la premonición de que tanto en Concepción como en Chiguayante, pasaría casi seis increíbles años de mi tardía adolescencia y primera juventud.
Recorrimos Los Ángeles, Temuco, Osorno y Puerto Montt, ciudadades preciosas, y además fuimos en avioneta hasta Ancud, pueblo bastante decepcionante donde pretendíamos comprar productos de importación aprovechando que era Puerto Libre y lo que nos trajimos fueron un mechero americano, pero de mala muerte cada uno. Aquello parecía más bien un mercadillo semanal, pero que ofrecía sus escasas mercancías diariamente.
Quedamos prendados con los volcanes Villarrica, Osorno y Calbuco, con el Lago Villarrica y el Lago de Todos los Santos, pero el recuerdo de Chiguayante emergía repetidamente, incluso cuando pocas semanas después de aquel viaje por el sur, regresé a Barcelona. Y estando aquí, me enteré que a mi padre lo habían trasalado a la planta principal de la fábrica, o sea a la de Chiguayante y mis planes de estudiar periodismo en la Escuela Oficial de Madrid, se fueron al traste y comencé a dar caña para volver a vivir junto a los míos, pese a que aquí había sembrado, consechado y cultivado una importante legión de amigos.
En octubre del 67 llegué de nuevo a Chiguayante, a la Casa del Bosque, una pequeña mansión enclavada entre bosques de eucaliptus, pinos y cedros del Líbano y que por tener, hasta tenía un campo de golf de nueve hoyos. Su parte posterior comunicaba con el río Bío Bío.
El primer día ya tuve mi primera novia y a los pocos, un enorme grupo de amigas y amigos, que Juan me fue presentando. No sé por qué él me había creado una aureola de intelectualidad tal, que en ocasiones la gente de mi edad temía franquear una barrera invisible, pero aparentemente poderosa. No me costó mucho afortunadamente que desapareciera.
Allí conocí a Cecilia Zambrano, una vecina menudita, morenita, seria pero simpática, encantadora, bonita y muy, pero que muy inteligente, tanto que a veces asustaba. Además, pese a su juventud era asombrosamente comedida y equilibrada. Mi hermano y yo, mayores que ella la convertimos en nuestra consejera sentimental. Un día, años después, perdimos el contacto y hace pocas jornadas ella me encontró, naturalmente a través de Facebook.
También conocí en Chigua como le llamábamos, a las hermanas Prat, especialmente a Ximena y Patricia, dos chavalas encantadoras, con una madre preciosa. Con Ximena tuve una amistad muy íntima con tintes ocasionales de noviazgo, pero se ve que no estábamos destinados el uno para el otro, porque de repente el encanto estalló como una burbuja de jabón, aunque siempre seguimos siendo amigos.
María Olga Toro, mi amor no correspondido y Loreto Zapata, una chica preciosa pero a la que jamás intenté abordar porque tenía la intuición de que nunca me aceptaría más que como amigo, fueron dos de las chavalas que también me marcaron. Ambas eran de Concepción. Por cierto, uno de los tantos días que fui a merendar a casa de María Olga y con la intención de tratar de lograr su amor -Juan que es un cabroncete y que lo sabía, me hizo aquel día una buena jugada-, estuve dándole vueltas al tema del amor, de los sentimientos, de lo bueno que soy como pareja, como hombre y como ente dispuesto a dar y recibir cariño "hasta que la muerte nos separe". En fin, que hablé sin parar y vanamente, porque no logré más que María Olga me mirara fijamente a los ojos y luego a la frente y luego a los ojos y luego, etc. A estas miradas se unió más tarte Loreto que llegó a importunar. La cosa es que una hora después de un monólogo finalmente repetitivo, la madre de María Olga nos invitó a merendar y yo, como es lo suyo, pedí pasar al servicio a lavarme las manos... y ¡Oh, Dios mío!... al mirarme en el espejo ví que tenía pegado un tremendo moco en la frente. No recuerdo cómo terminó aquella velada, pero cuando al anochecer le pedí explicaciones a Juan, comenzó a reirse y al final, ambos terminamos riendo. Con las chicas continuó mucho tiempo la amistad, pero nunca tuve los cojones suficientes como para volver a cortejar a María Olga.
En aquella época de Chiguayante conocí también, pero en la escuela de periodismo, a las dos grandes amigas de mi vida, Sandra y Olga Garretón.
Supe en Chiguayante lo que era dejar a la fuerza tu casa, supe lo que era meter a fondo la pata, supe lo que era un estado de sitio, supe lo que era la amistad verdadera y lo que eran las miserias humanas. Supe lo que eran, asimismo, los enfrentamientos entre clases sociales, lo que era el compañerismo en la Universidad, pese a las diferencias políticas; supe lo que era la persecusión. Conocí la escencia del periodismo en Irene Geis, la politización de la información con Manfredo Mayol y José González, el periodismo barato con Hernán Osses Santa María, la amistad férrea pese a las circunstancias con Oscar Humberto Yévenes y la sencilla grandeza de una juventud provinciana de verdad inolvidable.
Por eso, cuando el 27 de febrero de 1973 dejé para siempre a Chiguayante y fui víctima de un intento de detención policial en el Aeropuerto de Pudahuel, aún años después no sé a cuento de qué, lloré amargamente.
Dejaba años de paisajes de ensueño, de historias y anécdotas, tanto positivas como negativas tremendamente enriquecedoras y unas amistades que como suelen serlo las de aquellos años en que se entra con fuerza y pasión en la vida de adulto, recuerdas para siempre con especial cariño y añoranza.
Ha querido el destino que debido a diversas circunstancias, muchas de las amistades de aquellos años, hayan vuelto a entrar en mi vida, con mayor o menor intensidad y eso es de agradecer.

El espejo maléfico

Si hay algo a lo que verdaderamente temo, es a un espejo. Es peor, mucho peor, que una pesadilla. Se ha constituído en la más horrenda de mis fobias y no hay película ni novela de terror que pueda igualar el espanto que me produce.
Os lo voy a explicar.
Cada vez que me asomaba a un espejo -como comprenderéis, hace años que no lo hago- veía al otro lado, en su interior, al monstruo más horrible, detestable y asqueroso que os podáis llegar a imaginar